25 July 2017

El Papa Francisco no les ha decepcionado. Antes bien, les ha sorprendido con una serie de afirmaciones de gran relevancia. El buen empresario habla bien de su empresa, de sus trabajadores, de su ciudad y de su tierra. Porque el empresario conoce a sus trabajadores, trabaja a su lado, con ellos. No olvidemos que el empresario es antes que nada un trabajador.
Lo esperaban trabajadores de una empresa de tubos de acero en Génova, Italia. La expectación era patente, vestidos con buzo y casco, en el gran almacén de tubos de acero de la empresa ILVA, cuyo destino se decide estos mismos días en otro lugar. Estos trabajadores genoveses, herederos de una antigua cultura del trabajo, han decidido estos últimos años hacer frente a la reducción de personal renunciando la inactividad obligada del paro y ofreciéndose a realizar trabajos para la comunidad. Aunque de baja profesionalidad.
El Papa Francisco no les ha decepcionado. Antes bien, les ha sorprendido con una serie de afirmaciones de gran relevancia, que han arrancado unos aplausos que no eran de conveniencia, sino francamente sorprendentes para quienes conozcan el carácter reticente y reservado de los genoveses.
Especialmente inusuales y sinceros sonaban los aplausos tras la distinción que realizó Francisco entre las figuras del empresario y del especulador que tiende a ocupar su puesto. Era su respuesta a la descripción que realizó un empresario del sector de la reparación naval acerca de las dificultades que experimenta, en el contexto actual de la economía italiana, para mantener los puestos de trabajo y el equilibrio económico de la empresa:
«El buen empresario habla bien de su empresa, de sus trabajadores, de su ciudad y de su tierra. Porque el empresario conoce a sus trabajadores, trabaja a su lado, con ellos. No olvidemos que el empresario es antes que nada un trabajador. Comparte el cansancio y también las alegrías del trabajo, la auténtica belleza de resolver problemas juntos, de crear algo juntos. Cuando tiene que despedir a alguien, siempre es una decisión trágica. Si pudiera, no lo haría. A ningún empresario de verdad le gusta despedir a su gente. Sufre por ello y a veces de este sufrimiento surgen nuevas ideas para evitar el despido.
La enfermedad de nuestra economía es la progresiva transformación de los empresarios en especuladores. No hay que confundir empresario con especulador. El especulador es una figura parecida a la que Jesús en el evangelio llama “mercenario”, contraponiéndolo al “buen pastor”. El especulador no ama su empresa, no ama a los trabajadores; simplemente ve a la empresa y a los trabajadores como un medio para ganar dinero.
Despedir, cerrar, trasladar la empresa, no le supone ningún problema, porque el especulador usa, instrumentaliza, “devora” a las personas y a los medios para alcanzar sus objetivos de beneficio. Cuando la economía está habitada por empresarios, las empresas son amigas de la gente y también de los pobres. Cuando pasa a manos de los especuladores, todo se estropea. Con el especulador, la economía pierde la cara, pierde caras. Detrás de las decisiones no hay personas y por tanto no se ve a las personas a las que hay que despedir. Cuando la economía pierde contacto con el rostro de las personas concretas, ella misma se convierte en una economía sin rostro y por tanto despiadada».
Comentando las dificultades para actuar a causa del exceso de normas burocráticas, el Papa Francisco pone de relieve que muchas veces la política aprueba leyes que presuponen desconfianza hacia aquellos que operan en la economía:
«Hoy debemos temer a los especuladores, no a los empresarios. Pero paradójicamente a veces el sistema político parece alentar a los que especulan con el trabajo y no a los que invierten y creen en el trabajo. Porque crea burocracia y controles a partir de la hipótesis de que los actores de la economía son especuladores. Aquellos que no lo son, se encuentran en desventaja y aquellos que sí lo son, logran encontrar la forma de eludir los controles y alcanzar sus objetivos. Es bien sabido que normas y leyes pensadas para los deshonestos acaban penalizando a los honestos».
 
Aquí, el Papa Francisco subraya la “vocación laica” del empresario, que le permite superar los obstáculos que encuentra, con las palabras de Luigi Einaudi, un economista que en la postguerra fue presidente de la República Italiana:
“Miles, millones de individuos trabajan, producen y ahorran a pesar de todas las cosas que nosotros podemos inventar para estorbarles, detenerles o desanimarles. Les impulsa una vocación natural, no sólo la sed de ganar dinero. El gusto, el orgullo de ver prosperar a su empresa, de ganar crédito, de inspirar confianza a cada vez más clientes, de ampliar las instalaciones, son cosas que constituyen un resorte de progreso tan poderoso como el dinero. Si así no fuera, no se explicaría por qué hay empresarios que invierten en la empresa todas sus energías y todos sus capitales para obtener muchas veces un beneficio mucho más modesto que el que podrían ganar segura y cómodamente dedicándose a otra cosa”.
Tomado de http://www.edc-online.org/es/publicaciones/articulos-de/alberto-ferrucci-es-es-1/13260-el-papa-francisco-entre-los-trabajadores-de-la-planta-siderurgica-ilva.html

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