7 July 2017
Amaury tenía el sillón de bar-bero en el portal de una casa en la avenida. Fue de los primeros en instalarse allí, a la vista de tanto transeúnte que al mirarlo recordaba la conveniencia de un corte, y llegaba con él, sin conocerlo.
Construyó rápido una clientela más amplia que el número inicial de los amigos, porque a su habilidad con las tijeras suma el dominio de la conver-sación, del diálogo inevitable sobre un tema cualquiera, y con cualquiera.Quien llegaba, si no sabía de pelota aprendería, y si comparte la pasión sería escuchado; porque sabe oír y respetar todo tipo de criterios.
Amaury es joven, y su apariencia convocaba a venir al sillón a muchos de igual o menor edad; incluso ado-lescentes imberbes que proliferaron cuando abrió el preuniversitario urba-no en la acera de enfrente.
Sin embargo, siempre tuvo algo así como un código propio para escoger sus clientes, y en consecuencia, no abrió de par en par todas las puer-tas a ese mercado abundante de la escuela, de la tienda grande en di-visas a 50 metros, de las terminales provincial y nacional un poquito más alante, de la piquera de los coches y los bicitaxis…
«Lo sé hacer, ¡claro que sé!, pero no me gusta dibujar banderas, estrellas, relámpagos, marcas de ropa ni zapato en el pelo. ¿Qué es eso?».
Después de disculparse y decir no a algún muchacho en busca de un «ma-gua» o un «yonki», Amaury nunca perdió el hilo de la conversación vién-dolo retirarse al barbero contiguo, dos o tres casas a la derecha o la izquierda; pues con tal mercado, la acera pronto se nubló de fígaros que aceptaban de buena gana a todos los que el colega «anticuado» declinaba.
Aunque me reconozco demasiado sobrio, a veces conservador en esto de los cortes y la moda, no había enten-dido del todo las razones de su tanta rigidez, hasta que en medio de una cronología de los jonrones de Des-paigne en Japón y la expectativa con Los Alazanes para la siguiente Serie, lo vi otra vez despedir gentilmente a un escolar en procura de una extrava-gancia.
«Esos pelados no son para usar con uniforme. Yo por lo menos no se los hago», y siguió su cuenta beisbole-ra, tranquilamente, sin un mínimo lamento por los diez pesos que aca-baban de marcharse a los portales siguientes.
por un momento quise ver co-locado en la actitud del barbero a algún padre de aquellos muchachos. ¿Qué pasaría si la preocupación de Amaury, al parecer irrelevante, em-pezara por casa, y fuera una verda-dera inquietud familiar el civismo de nuestros hijos?
Provocado por el simple detalle del uniforme correcto, repasé las veces que la gente lamenta la indecencia, la agresividad, la «falta de valores» de la sociedad actual, como si no fueran parte de esa masa, y observan con inmovilidad, esperando «el papel de la escuela o el rol de la familia», sin involucrarse.
De vuelta a la realidad –entre otras cosas porque me tocaba el turno– creí que exageraba la lección, que magni-ficaba aquel pequeño aporte concreto de mi barbero al rescate del civismo herido, que por un minuto lo había idealizado en mi deseo de una sociedad mejor.
Quise volver al hilo de los jonrones, porque también sigo a Despaigne, y porque a sabiendas de mi oficio Amaury me supone empoderado de datos nuevos y algún otro criterio revelador e interesante; pero antes de sentarme en su sillón, hubo entonces una interrupción distinta:
–oye, brother, un fula pa’ que me pe-les ya. Salgo pa’ Santa Clara dentro de una hora, en la guagua, y quiero llegar como Dios manda.–¿Quién te dijo que aquí se cobra por burlarse de ellos, que esperaron su turno?
–Vamo’, asere, no me digas que tú no das turno rápido. Estarías muy atra-sado, guajiro. Eso es normal donde yo vivo.
–pues espera a llegar a donde vives, porque tu dinero no paga el respeto a mis clientes. Despaigne, que es mi ami-go, ha venido a pelarse conmigo, espera el turno, y nunca pagó en dólares, de esos que él… Bueno, tú debes saber.
Amaury ya no trabaja en la aveni-da. Todos los colegas de la cuadra se «modernizaron». El que no tiene el cartel: Hay turno rápido, es porque su público sabe que la opción existe, con su precio; sin embargo en el portal de marras, en vez de un sillón de barbero, hay un balance.
por desavenencias con el dueño del local, Amaury pela ahora en su propia casa, a la vera de una calle sin asfalto. 
Dice que la dignidad le importa más. Cuando llueve es complicado, pero en su banco de espera nunca faltan los clientes.
 
 
Por: dilbert reyes rodríguez
Granma Impreso

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