15 June 2020
M.Sc. Malcom Calvo Llorella 
 
De un amigo escuché una historia que sirve de metáfora exacta para este convite que nos hace el cuento “Olla de piedras”.
 
Cuentan que dos personas con la intención de involucrar a un pueblito en la búsqueda de una solución colectiva a las carencias que sobrevivían, llegaron un buen día y plantaron una olla en el medio de la plaza. Cuando el agua ya hervía le echaron dentro unas piedras que removían cada cierto tiempo. La respuesta a las mil y una preguntas que recibieron siempre fue: “Estamos cocinando una sopa para disfrutar entre todos”.
 
Tal “desatino” llamó la curiosidad y “atizó” las iniciativas de los pueblerinos quienes se acercaron al caldero y comenzaron  a dar sus pareceres sobre “cómo debe ser una verdadera sopa” y, para no quedarse en palabras, cada uno sumaba a la olla los ingredientes, aderezos y combustibles que tenía. Poco a poco, la olla se iba llenando con viandas, verduras, carnes y sabores; cada vez eran más los que aportaban “dichos y hechos” a la cocción. Tanto así que llegaron al punto de sacar las piedras de la cazuela para hacer espacio a lo realmente nutritivo… Cuentan que el caldo compartido no solo pudo dar alimentos sino que también nutrió la fe en cuánto puede la “voluntad colectiva” bien encausada.
 
Desde hace un buen tiempo varios actores han organizado el debate en relación a la urgencia de promover políticas a favor de las alianzas público-privadas como vía y soporte a una estrategia de desarrollo en Cuba que logre ser sostenible desde la inclusión y el aporte sinérgico entre diferentes actores económicos. A esa “olla de piedras” vengo a dar mi humilde y agradecida contribución.
 
La pregunta de “enfoque” la propongo así: ¿Qué pueden aportar los principios y valores de la Economía Social y Solidaria (ESS) al desarrollo de las alianzas público - privadas? La intención del texto, como esbozo de ideas, es provocar el intercambio y “nutrirnos” en la “creación” colectiva.
 
La Economía Social y Solidaria ha ganado espacio con ideas y prácticas que responden con una lógica económica “contra sistemas” (más allá de capitalismo o socialismo) y reposiciona a los seres humanos y a la vida en el centro de las relaciones económicas y, por ende, de producción social y cultural. Una de estas nuevas configuraciones es la Economía de Comunión (EdC). 
 
Impulsada hace ya 29 años desde el carisma ecuménico e interreligioso del Movimiento de los Focolares, la EdC ha trascendido a una doctrina y gestión empresarial que asume a los seres humanos en toda la complejidad de sus relaciones en tanto actores económicos. Su perspectiva es lograr el crecimiento humano en la “comunión” y para ello los dueños de las empresas que libremente se adhieren al proyecto deciden poner en común las utilidades de las mismas en función de tres objetivos: primero, ayudar a las personas que se encuentran en dificultades, creando nuevos puestos de trabajo y subviniendo a las necesidades primarias; segundo, difundir la cultura del dar y del amor y, tercero, al desarrollo sostenible de la empresa. Las utilidades dejan de ser un fin y se convierten es medios para un propósito mayor: el crecimiento humano.
 
Palabras como DAR y AMOR, parecen disonantes entre los temas económicos, pero consustanciales a los seres humanos no pueden separarse de la comprensión y “reconstrucción” de las relaciones productivas, las finanzas y el comercio. Con el respeto de los economistas ortodoxos, y sin lances epistemológicos, me permito repetir aunque la economía tenga números sigue siendo una ciencia social.
 
En ese propósito, la Economía de Comunión, como práctica específica de la Economía Social y Solidaria, parte de una “antropología” fraterna y sostiene las actividades de las empresas adheridas sobre los valores del diálogo, la confianza y la reciprocidad. Y son estos principios los que propongo traer como perspectivas para “reconstruir” las alianzas público – privadas para el desarrollo que nuestra casa Cuba requiere.
 
Si partimos de la premisa que el desarrollo de la nación, en toda su polisemia social, económica y medioambiental, debe concebirse e impulsarse con las personas, desde las personas y para ellas, el DIÁLOGO y la CONFIANZA son los vértices del prisma que proponemos.
 
Pongamos en contexto este análisis: la producción de alimentos, el incremento de las exportaciones y la sustitución de importaciones son tres prioridades en la sobrevivencia y el crecimiento de la nación, y con más o menos consenso, las soluciones vendrán de la mano de un incremento en la iniciativa y la innovación para la productividad de las empresas, y eso demanda el reconocimiento y la sinergia entre todos los actores económicos. Todo esto funcionando dentro de una matriz de relaciones de causas/efectos, sustentado sobre un marco legal, empresarial, tributario, financiero, comercial y logístico realmente eficaz (aun por construir). Las alianzas público – privadas serían el nodo de conexión de toda estas dinámicas.
 
Para este logro, es inaplazable que logremos un reconocimiento mutuo, desde el respeto y la comunicación, entre los actores económicos de nuestra realidad nacional. Y aquí, propongo, otro tema: mientras seguimos aunando voluntades para traer al debate público nacional la urgencia de reconfigurar el marco jurídico de las empresas en Cuba y crear espacio socialmente provechoso para la inserción de las micropymes privadas en la dinámica económica del país (hoy en la sombre de la “hipérbole irónica” de actividades por cuenta propia), ¿Por qué no comenzamos por las prácticas desde el “desarrollo local”?
 
Al amparo de la Resolución 187/2011 del Ministerio de Finanzas y Precios (MFP) y otras normas jurídicas se han venido edificando alternativas productivas y de servicios  que atienden a problemáticas locales y crecen desde alianzas entre las iniciativas personales, inversiones compartidas, marco realmente “empresariales” para las actividades económicas y que, además de bienes sociales, aportan de sus utilidades a los planes de desarrollo de territorios concretos y para beneficiarios con nombres y apellidos.  Aun cuando podamos notar las manchas, de igual manera tendremos que ver el “brillo” que tienen muchos de estos Proyectos de Desarrollo Local (PDL) aunque no logren titulares en los medios.   Está por resaltar en el anónimo cotidiano,  ¿Cómo los directivos y trabajadores de estos “proyectos” logran soluciones donde las empresas estatales de siempre no pueden o no llegan?
 
El DIÁLOGO y la CONFIANZA entre decisores administrativos, políticos y actores productivos puede hacerse (y  entrenarse) en “valla chiquita” para resolver problemas concretos de espacios locales y servir de base para decisiones de mayor escala: un ejemplo bien gráfico, fue la fabricación de medios de protección para los servicios de urgencia y cuidados médicos intensivos en medio de la complejidad epidemiológica y económica impuesta por la COVID-19.  Para esta ocasión, se alinearon las “posibilidades” de cada uno de los ejecutores, fuera público o privado, para conseguir poner en la zona roja las máscaras protectoras o los recambios para los respiradores artificiales que no podía importarse. Hablo de seguir tendiendo estos puentes sobre el diálogo y la confianza a nivel local y que desde ahí crezcan.
 
La EdC, y sus valores, ofrecen una perspectiva que, considero, enriquecería la construcción de marcos conceptuales y prácticos para seguir edificando alianzas público – privadas socialmente provechosas. Y en este punto hago énfasis, tanto para los funcionarios que deciden como para los emprendedores y técnicos que promovemos estas prácticas, es la vocación (convicción) de servicio que debe, humildemente, animar todo cuanto hacemos. Y ese acento es la RECIPROCIDAD, el vértice de nuestro triángulo de comprensión. 
 
Cuando pensemos en alianzas público – privadas que partan de ser recíprocas, estaremos dando por sentado que no podemos conformarnos con tener la razón o ser más o menos importante en la posición que nos toca jugar, ya sea un servidor público, al que dimos la autoridad para con su firma facilitar una gestión, o un empresario con todos sus esfuerzos, talentos e inversiones, el propósito siempre será cómo ser más útiles. 
 
Y en eso la RECIPROCIDAD, vista desde la EdC, concibe y realiza las actividades empresariales donde, a nivel micro, todos los seres humanos que constituimos la empresa (privada o pública) estamos en la riqueza de aportar y en la necesidad de recibir, y a nivel macro, reconoce que somos parte de una comunidad de la que recibimos y a la que nos debemos. La humildad y la gratitud que soportan los comportamientos de la reciprocidad, no parten de que nos reconozcamos menos sino que veamos y busquemos el valor en el aporte del otro (público y privado) y sumemos, o mejor, potenciemos, las posibilidades de cada uno por el bien común. Y ese, sería el “alimento” compartido de esta “olla de piedras” que haremos para el bien común. 
 

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