4 May 2018
La sociedad cubana se sumerge en una serie de cambios y modificaciones muy significativos en todas las dimensiones: cultura, economía, política, demografía, entre otras. No solo son los Lineamientos aprobados en el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) los que están conduciendo ese cambio. Cuba se ha estado abriendo al mundo. Ejemplo: la paulatina normalización con gran parte de la emigración cubana. También el mundo se ha abierto a Cuba; Venezuela y China no son los únicos países: también Brasil, Argentina, Rusia y hasta Estados Unidos de América, este último el quinto socio comercial más importante para Cuba, a pesar de las grandes diferencias entre ambas naciones. Aun cuando muchos no lo crean, Cuba cambia: “Hay en realidad una situación cambiante en Cuba, tal vez de contornos difíciles de definir y con metas poco claras. El cambio parece haber comenzado, con independencia del ritmo o una hoja de ruta más o menos clara, y a pesar de algunos que no desean o no reconocen cambio alguno”1.
Pero el contexto nacional es, sin dudas, el más importante objeto y sujeto de cambio. La apertura del trabajo por cuenta propia, reformas en la agricultura, el reconocimiento de varios derechos ciudadanos como el de disponer de la compraventa de viviendas y medios de transporte a los residentes, las ventas liberadas de materiales de construcción, los créditos bancarios para la construcción de viviendas y como financiamiento a los pequeños negocios y a la agricultura, la posibilidad de fundar cooperativas en actividades no agropecuarias, una nueva legislación tributaria; además de otros cambios ya anunciados como una nueva ley para las empresas estatales. Todo esto constituye partes de cambios importantes al presente que abre otras perspectivas de futuro. No son todos los cambios que hacen falta, y varios no tienen la profundidad que deberían poseer; pero Cuba se mueve y eso es lo más importante.
La excesiva estatalización de la sociedad frustró en gran medida la condición humana de la iniciativa y la creatividad, a partir del obrerismo imperante. Con el comienzo de los ´90 del pasado siglo se volvió a despertar paulatinamente, pero desde una perspectiva a veces poco lícita y otras no menos legítimas. La ideología de la “lucha”, el “sálvese quien pueda” (y como pueda), del merendero, los cigarros, el cafecito y el rent room han impuesto un pensamiento de subsistencia que debe irse transformando.
El modelo económico cubano y la empresa estatal socialista mantienen distancia con la dimensión social, pro humana y antropocéntrica que plantea la economía social y solidaria. “En los estados socialistas durante el Siglo XX, se mantuvo la bifurcación de lo económico y lo social a través del recurso del socialismo estatal, sentado en la planificación económico social directiva, que erige su paradigma de gestión en la empresa estatal, con rompimiento acrítico de las formas jurídicas de expresión privada –individuales y societarias preexistentes. Tal modelo resultó en colocar al individuo, y la sociedad en general, en el status de servicio planificado a lo estatal y, por supuesto, tampoco se coloca la economía plenamente al servicio del hombre. Este modelo económico se convierte en el fundamento ideológico de la política partidaria socialista e impidió o minimizó otras opciones socialistas de expresión económica social 2”. 
Desde una perspectiva microeconómica, supeditar al individuo a una planificación estatal centralizada también puede cosificar, mantener a la persona como objeto y no como sujeto de la actividad económica. 
El estado cubano promueve la “oferta y demanda” (relación de cantidades y precios de un producto dispuestos a adquirir por los consumidores y a producir por las empresas) dentro de un mercado (“la mano invisible” para Adam Smith; lugar no siempre físico donde se intercambian mercancías y dinero, además de relaciones humanas) no equitativo, donde los “empresarios” y consumidores no tienen las mismas condiciones, deberes y derechos. Es otro “sálvese quien pueda” orientado desde arriba, promovido como un medio para generar una mayor producción, la misma que los mecanismos obsoletos estatales (Acopio, red de comercio interior, etc.) son incapaces de manejar. Pero el fin no justifica los medios. Lo que está sucediendo es lo contrario al fin que se quería, pues no hay mayor producción y solo suben los precios en detrimento de las personas que ingresan por un salario estatal. Porque si a un cochero le incrementan los impuestos, el precio de las botas, los arreglos a su coche y las medicinas para el equino, y le cuesta más la carne que comen él y sus hijos, la reacción lógica será incrementar el precio de su pasaje. En la economía todo está fuertemente relacionado, pero teniendo un estado que la rige y planifica es contraproducente e ilógico que se impongan mecanismos como la “oferta y demanda” ante condiciones de mercado tan desiguales y precarias. Estas nuevas formas de autogestión se adueñan de una buena parte del contexto cubano. Las cooperativas y los cuentapropistas, si bien no poseen una cultura económica, digamos tradicional, sólida, mucho menos la presentan con características solidarias, con una enfoque social o ético, al menos en la gran mayoría.
No solo en Cuba la economía se asocia con el “arte” de ganar dinero. En todas las carreras de economía, contabilidad, finanzas y demás afines, lo que se enseña al estudiante son técnicas, teorías, instrumentos de todo tipo para lograr utilidades. Pero, ¿esa es la única economía posible?
Existen varias experiencias en el mundo que buscan humanizar la economía, es decir, poner al hombre como sujeto (no como el objeto para buscar ganancias que se considera hoy) de las actividades económicas. Por tanto, buscan fomentar la visión de que ganar dinero es necesario (como medio) para lograr el desarrollo humano integral (fin). Varias de las experiencias que persiguen situar al hombre en el centro de la economía son: el cooperativismo, las micro finanzas y el marketing ético, el consumo responsable, la economía solidaria, popular y del trabajo, entre otras muchas prácticas y modelos económicos. Nuestra sociedad ha considerado algunas de estas cuestiones desde dimensiones macroeconómicas y decisiones políticas. Pero se hace imprescindible incorporar a la persona y su desarrollo integral, como centro de la actividad económica desde abajo, desde la microeconomía, desde el centro laboral, la fábrica, el taller, la oficina, el laboratorio. Los modelos y prácticas que conforman la economía social y solidaria (ESS) plantean una visión de la economía muy participativa desde las empresas, desde las células básicas donde se genera la riqueza de forma tal que la misma sea distribuida equitativamente desde allí. El fin último de las organizaciones de ESS no es el beneficio económico, las utilidades, la ganancia; sino la calidad de vida de sus miembros y el desarrollo de su entorno circundante (bien común, incluyendo aspectos ambientales).
Destaca la economía de comunión entre los distintos modelos de ESS, pues “concibe [a] la empresa como una comunidad, trata de vivir las relaciones comerciales y laborales como ocasiones de encuentro auténtico entre personas, piensa a la empresa como un bien social y un recurso colectivo, va más allá de una idea de mercado como el lugar de las relaciones únicamente instrumentales”3.
Es necesario construir organizaciones que sean eficientes en lo económico, justas y solidarias en lo social y responsables en lo ambiental. Para esto no basta considerar las formas de propiedad (estatales, cuentapropistas, cooperativas, mixtas), sino más bien mirar las formas de gestión para que las organizaciones contribuyan efectivamente al desarrollo humano integral, al desarrollo local sostenible y, por tanto, al bien común.
Vera Araujo 4, socióloga que estudia este fenómeno cultural, considera que el individualismo de la modernidad dio pie a la «cultura del tener», que domina las costumbres y crea la sociedad consumista que transforma en mercado toda la existencia. He aquí entonces la sociedad moderna, incapaz de crear relaciones profundas e intereses relacionales durables en el tiempo, y encerrada en su propia soledad. El mercado se levanta como el nuevo ídolo que invade todas las esferas del vivir y del morir. Desde el punto de vista antropológico, la autora habla del homo consumens, protagonista de la cultura del tener, ávido de consumo, incapaz de conocimiento subjetivo y moral. Como antídoto, este nuevo movimiento cultural impulsa la cultura del dar, para recobrar la solidaridad, la «condivisión», es decir, el don, practicado y vivido no solo dentro de un pequeño grupo comunitario o en las relaciones interpersonales, sino también como cultura, como mentalidad, como modo de ser y de hacer, capaz de insertarse en los mecanismos sociales y de transformar las instituciones y las estructuras de la posmodernidad.
Sin dudas, Cuba cambia. Pero ¿queremos que cambie desde el egoísmo o desde la solidaridad y la fraternidad? Debemos buscar una sociedad más justa y fraterna, con cada una de sus dimensiones justas y fraternas.
 
Notas:
1 Ortega, Jaime. Conferencia ofrecida en el XI Seminario Internacional “La iglesia católica como facilitadora del encuentro y la convivencia social: las experiencias cubanas y alemanas”. Universidad Católica de Eischtätt, Alemania, Noviembre de 2012. Tomado de http://www.espaciolaical.org/ , 22 de noviembre de 2012.
2 Fernández, Avelino Lecturas en pro del Cooperativismo Ante las imprescindibles transformaciones económicas del socialismo cubano. Cienfuegos, Cuba: Editorial Universo Sur, 2006. 
3 Bruni, L., & Zamagni, S. Persona y comunión: por una refundación del discurso económico. Buenos Aires: Editorial Ciudad Nueva, 2003.
4 Asociación Internacional de Economía de ComuniónAIEDC. (2012). Informe Anual 2010/2011. 81 páginas. [en línea]. Recuperado el 5 de mayo de 2011, de http://www.edconline.org/
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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tiene alguna deficiencias en la ortografía, disculpas. espero el contenido sea de su interés

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